¿Cómo mantener relación con hijos ausentes?

Mucho se habla de la figura del padre ausente, aquel progenitor que ante la mirada del niño parece ser distante o desinteresado de su existencia. Algunas veces de manera voluntaria y muchas veces de forma involuntaria.

Sin embargo, también existe una contracara.  Algunos jóvenes, que siendo niños, fueron criados, según sus padres, inmersos en un ambiente de amor y rodeados de gran cuidado, observados y acompañados, pero por alguna razón, en la medida que el tiempo se sucedió, no se mantuvieron proclives a mantener una relación con mamá y papá. De hecho, en muchos casos llegan a apartar a los padres de sus vidas cotidianas e incluso eludirlos por meses o años.

Existen casos extremos donde el lazo se rompe definitivamente y la comunicación puede envenenarse con palabras rudas e insultos. Pero, ¿por qué puede suceder esto? ¿Pueden acaso estas situaciones revertirse? ¿Pueden salvarse las relaciones entre padres e hijos  cuando estos últimos son los que decidieron darle la espalda al otro?

Mi hijo ya no me quiere

La experiencia laboral en el consultorio de psicología lleva a muchos profesionales a meditar sobre el caso. La ruptura en las relaciones suelen conllevar algún grado de rencor, asunto no resuelto, desconfianza o resentimiento. Distintas palabras que buscan describir lo más fielmente posible la situación que atraviesan esas relaciones. Son actitudes similares a las de un boicot que muchas veces se anuncia premeditadamente pero que en la mayoría de los casos no suelen despertar sospechas en los progenitores. Una acción similar a la venganza expuesta pero paralelamente sutil.

El resentimiento en sí mismo puede ser entendido como una forma de expresar la ira contenida, empaquetada bajo una apariencia que pueda coexistir con las normas sociales. Nadie puede sorprenderse demasiado si un individuo no desea hablar con otro o si evita caminar por un lugar determinado para eludir la presencia de una persona en particular. Quizá pueda parecer extraño, quizá pueda llamar la atención de otras personas, pero aun así nunca sería considerado una trasgresión a las normas sociales. Porque después de todo, se sobreentiende que todo humano que actúe de manera similar probablemente esté ofendido, y en toda ofensa hay enojo.

Cuando se habla de las relaciones entre progenitores e hijos, estas condiciones suelen tener una raíz más profunda. Después de todo, los hijos esperan de sus padres amor y apoyo emocional, mientras que los padres suelen esperar respeto desde el lado de sus hijos. Estas son condiciones tácitas que suelen estar presentes en este tipo de relación.

Y detrás de toda demanda, también existe una expectativa.  Cuando estas expectativas fracasan sobreviene la decepción y esta última será la puerta de entrada para el sentimiento de la ira. Pues, dentro del plano de las demandas y expectativas, una voz interna exige que la realidad debería ser de otra manera, mucho más idealizada. En otras palabras, esa voz asegura que las cosas no están siendo como deberían ser.

El problema comienza a divisarse en el momento en el que los niños ya no son tan pequeños y pasan de estar bajo el techo de la voluntad parental al mundo del juicio propio y las responsabilidades. El proceso en el que el individuo crece y gana independencia para finalmente vivir según su propia voluntad. En ese terreno, lo que dice mamá y papá ya pasa a un segundo plano. El hijo ya adulto se transforma entonces en juez.

¿Existe una situación justificada para dejar de tomar contacto con los padres?

Se presenta en este ámbito la pregunta implícita que todo hijo y padre tiene en su mente: ¿está bien dejar de tomar contacto con mis padres? Y sinceramente, no existe una respuesta única para ello. Pues cada acto dirigido a este tema y desarrollado por las personas en el plano de la realidad está inmerso del sentido de compensación. Se busca con ello subsanar una lesión que se ha infligido a nivel personal, y si una persona desea cortar la comunicación con otra, en definitiva es una decisión absolutamente personal en la que los demás pueden llegar a opinar desde la posición  del respeto y el consejo, pero nunca con miras a la imposición.

No obstante, es importante remarcar, que se puede tomar mejores decisiones y analizar de manera más integral la situación si se acude a un terapeuta calificado. El psicólogo nunca deberá dar su impresión personal sobre el asunto, sino dar las herramientas para que la propia persona saque sus conclusiones de una manera más amplia y asertiva.

Lo que puede hacer un padre para recuperar la relación con su hijo

Si un padre se encuentra en medio de una situación similar a la descripta, tendrá que detallar el terreno en el que está inmerso. Evaluar cuáles fueron sus acciones pasadas, las presentes y sopesar sobre las expectativas del futuro. En definitiva, lo que tendrá que realizar todo padre en su intento por la reconquista de la confianza y amor de su hijo será negociar.

Todo padre que así lo sienta puede tener la voluntad de recomenzar su relación e incluso pedir disculpas por sus errores. También deberá meditar sobre sus exigencias y las posibilidades de que la nueva relación que ansía sea viable. Probablemente tanto padres e hijos de todo el mundo siempre deban tener algún asunto por el cual disculparse, pero eso ya entra en el plano de la opinión personal.

Si uno se detiene a sopesar por un momento, muchas veces se puede ofender a otra persona de la manera más torpe e involuntariamente posible. Para estos casos la ciencia aporta su grano de arena con las terapias familiares, aunque para esto se requiere el compromiso mutuo de las dos partes, y eso es algo que suele ser difícil de conseguir.

¿Cómo evitar que el hijo se convierta en el enemigo?

Teniendo en cuenta que la razón más probable del cortocircuito entre padres e hijos esté basada en las expectativas demasiado altas que algunos padres imponen a sus pequeños, así como también en la total ignorancia y desidia para entablar una relación, se podría concluir de manera burda que simplemente habría que evitar esto.

Pero para ello hay que tener en cuenta que cada persona es en sí misma una gran constelación de características y rasgos combinados de manera única e irrepetible. Cada uno tiene su propio temperamento, sus limitaciones, sus habilidades y un conjunto de oportunidades inigualables. Y estos principios muchas veces se ven abrumados y atropellados por padres que pensando en hacer un bien toman una postura dictatorial obligando al joven a dedicarse a tareas que no son de su agrado o a realizar acciones que jamás le interesaría por voluntad propia.

Es decir, que si el niño no cumple la expectativa de los padres es obligado a moldearse a ellas. Rompiendo así la difusa línea límite entre marcar un camino y obligar a caminarlo. En este ambiente, el joven puede desarrollar un profundo sentimiento de opresión, rebeldía, deseo de fuga y apatía. Pues, para recibir cariño está siendo obligado a pagar con su identidad, un mensaje constante que reza no quererlo por lo que es sino por lo que le exigen parecer.

Al margen de las esperanzas de los padres y exigencias que le imponen, es imposible quitarle al niño su propia identidad. Como dice Victor Frank en su libro, el hombre en búsqueda de sentido, la libertad interior no se puede arrebatar.

Por eso mismo, si los padres quieren tanto evitar esta situación como compensarla, la idea principal debe basarse en devolverle la identidad propia a sus hijos y aceptarla. Abrazar el conjunto de las habilidades y limitaciones sin juzgarlo, y aprender la diferencia entre el consejo y la crítica.

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