¿Cómo corregir carencias en la crianza cuando el niño ya creció?

Hemos visto a lo largo de los años y en distintos medios muchas frases un tanto novelescas, pero no por ello menos serias, sobre aquellos lamentos de padres en relación a la crianza de sus niños. Algunos arrepentimientos y deseos frustrados por no haberle otorgado a su retoño aquello que más adelante consideraron necesario.

Frases como “lamento no haber pasado más tiempo”, “me arrepiento de no haber estado presente en su cumpleaños”, “lamento no haber preguntado más sobre esto”, “debí haber pedido consejo”, suelen encontrarse a por montones en padres de jóvenes adolescentes.

¿Es posible poder arreglar una relación entre padres e hijos cuando estos ya no son bebés? En teoría, la cruda realidad nos habla que una persona desarrolla su personalidad de una manera escalonada y que muchas experiencias de su primera infancia suelen marcar el camino de sus años futuros.  Sin embargo, muchos especialistas en salud mental y desarrollo cognitivo suelen coincidir en que los déficit emocionales pueden ser compensados. Y hagamos hincapié en el hecho de que la palabra compensar no significa reemplazar, tampoco significa viajar en el tiempo ni modificarlo. En este sentido, padres de niños de 10 años tendrán mayores ventajas que aquellos padres con hijos ya adultos.

El difuso límite de los 12 años

No es una ciencia entender que cuanto antes comencemos a compensar nuestros errores mejores resultados obtendremos. Comprendiendo el término “mejores resultados” como el hecho de que nuestro niño pueda asimilar y hacer propio el nuevo paradigma que repercutirá en su personalidad.

 En esta etapa de la vida la familia juega un papel fundamental y preponderante en el desarrollo de su personalidad, la relación que exista entre los padres y el niño quedará grabada en su psiquis de manera muy presente. De hecho, cuando las personas relatan anécdotas de su infancia suelen hacer referencia a este tramo de la vida y no tanto a los años anteriores donde claramente, recordar se vuelve una tarea más dificultosa, idílica y borrosa con, probablemente, muchos datos agregados por nuestro cerebro.

Si hay que ser estrictos con la información que se maneja a nivel evolutivo, habría que escuchar a las personas cuya opinión asegura que el pilar fundamental de nuestro sistema emocional se establece antes de los tres años y que luego, el niño irá formándose y evolucionando conforme a esa primera base. Sin embargo, nunca es tarde para cambiar la relación con nuestros hijos y ayudarlos con el poderoso factor ambiente.

En ese sentido, si la edad del niño ronda los 10 años, cualquier cambio que se realice en el comportamiento de los padres podrá ser percibido y aceptado por el pequeño. De hecho, no hay mucho que explicar sobre el porqué  del cambio, los niños suelen ser dinámicos y positivos a esta edad. Es sano, sin embargo, mantener siempre una comunicación productiva con ellos.

Sobre todo, ya en el tiempo de pre pubertad, será necesario empezar a construir un camino de mayor libertad para nuestros hijos. Es decir, habrá que aceptar ir renunciando al poder totalitario que suelen tener los progenitores sobre las decisiones del ya ex infante. Pero, paralelamente, habrá que ir construyendo un espacio de confianza. Aumentando la responsabilidad de sus acciones y de sus decisiones, acompañándole, pero ya con mayor expectación y menos sobreprotección. Es el tiempo en el que los padres entienden que el niño está creciendo y se vuelve cada vez menos dependiente.

Durante esta etapa es fundamental entender que los hijos son muy sensibles a los comentarios y las evaluaciones de sus progenitores. Toda apreciación sobre sus éxitos les servirá de inspiración y los conducirá por el camino de la autoconfianza y autoestima. El apoyo de los padres en esta etapa construye maravillas en la vida de los jóvenes, y podrá perjudicarles de manera exponencial si se realiza lo contrario.

Por ende, todo cambio de actitud en trato de padres a hijos que tome lugar hasta los 12 años, tiene efectos ampliamente positivos.

Compensar errores en jóvenes de 12 a 18 años

Lamentablemente, la mayoría de los lamentos y arrepentimientos suelen suceder cuando el niño pasa la frontera de los doce años, movilizados especialmente por las actitudes que toman los jóvenes en su adolescencia. En ese período de tiempo, la persona intenta encontrar su grupo de pertenencia, se vuelca más hacia la vida social y los padres pasan a un plano más distante. Es el momento en el cual el niño toma consciencia de que ya ha crecido.

En este punto, los padres ya no se enfrentan a un paradigma de cambio manejable, tendrán en su lugar la compleja tarea de reconstruir una relación. Después de todo, luego de los 15 años y con el colegio a punto de terminarse, un joven está presto a cortar los lazos de dependencia con sus progenitores. En este terreno, la mejor idea será mantener una buena relación. Hay que tener en cuenta que en esta etapa un cambio rotundo y evidente tiende a generar sorpresa y alerta más que confianza.

En tal punto, será mejor optar por el poder de la palabra. Tener francas y buenas conversaciones será un objetivo clave. Hablar acerca de los sentimientos, el futuro, las dudas, los miedos, la disposición para escuchar y para entender. Intentar comprender los pensamientos y acompañarle en la medida que sea posible. Comenzar por este punto será mucho más productivo, pues en cierta forma no solo se busca tomar contacto, también es una muestra de disposición y cariño implícito.

El cuadro general de esta etapa de la vida indica que una persona de esta edad es capaz internamente de vivir por su cuenta, sin embargo todavía necesita de la imagen parental y ello se convertirá en el principal cimiento de los puentes que permanecerán tendidos durante esos años. Pero no todo suele ser tan fácil. El adolescente es un conjunto de despertares, miedos, incertidumbres, hormonas y proyectos enérgicos. Durante este período el humano siente que puede conquistar el mundo futuro y las conversaciones con las imágenes de autoridad pueden llegar a ser conflictivas, acaloradas o estancarse en callejones sin salida. En estos casos, será recomendable armase de mucha paciencia.

Cuando el niño ya tiene más de 18 años

Si el hijo en cuestión ya es un adulto, la relación es menos optimista y con un resultado reservado. El objetivo puede verse complicado si a esto le sumamos la independencia, el casamiento o una familia establecida.  En estos casos, la esperanza de cambiar o influir en la personalidad de la persona no es una tarea deseable. Esa acción está reservada al ámbito personal del individuo ya independiente, crecido y responsable de sí mismo. Y, en caso que así lo desee, existen profesionales matriculados encargados de esa tarea.

Sin embargo, aún es posible sanar la relación. Acercarse a nuestro hijo y recomponer el contacto, o simplemente empezar desde cero una relación madura. Después de todo, todo humano requiere a cualquier edad del amor incondicional que puede provenir de los padres. A veces, solo cuando perdemos a nuestros seres queridos tomamos conciencia del valor de su presencia en este mundo.

La realidad indica que restaurar el flujo de amor de padres e hijos cuando este último ya es un adulto, es difícil. Sobre todo si el joven  ha aprendido a convivir con una sensación de abandono por parte de sus progenitores. Lo más probable es que hayan incluso aprendido a ocultar su dolor y que difícilmente quieran tomar conciencia de ello, generando rechazo a todo aquello que signifique removerlo. De hecho, esta situación es más común de lo que parece. Muchas personas también ven efectos negativos de esa realidad en su vida cotidiana y en su vida social.

Si este es el caso, tomar contacto será una odisea. Ganar la confianza será un trabajo arduo, en cuentagotas y basado en pequeños pasos. La confianza perdida requiere de mucho esfuerzo para volver a ser garantizada.  Será indispensable que el padre acepte la realidad y no intente imponer sus puntos de vistas sobre su hijo adulto, en cierta forma, deberá estar dispuesto a aceptar la realidad tal cual como resultó. Una vez que el interés por tomar contacto y reponer la relación haya alcanzado ese punto, entonces se podrá pensar en restaurar también el flujo de intercambio de amor mutuo. Quizá, no tan idílico, pero sí maduro y sincero.

En definitiva, no existe una única forma de vivir la paternidad. Ser padres puede presentarse de muchas hermosas formas y realidades. Se podrá forjar una relación sana y fructífera a cualquier edad, ya que ser padres es todo un arte que requiere de mucho crecimiento espiritual y una predisposición que trasciende cualquier realidad medida en años. También requiere el esfuerzo de superar ciertos estereotipos arraigados con el fin de armonizar nuestra vida y estar presentes formando parte de nuestro legado más preciado, los hijos.

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